Hay nuevos aires de libertad en esta histórica nación isleña. ¿Qué cambios suscitarán?

—¿Ve eso? —me dijo el conductor Aurelio Rodríguez Estrada mientras me llevaba en su auto por el Malecón, la avenida de seis carriles que bordea la costa norte de La Habana.

Sentada junto a él, traté de divisar El Morro, el fuerte construido entre los siglos XVI y XVII para proteger a la ciudad de los piratas.

—No, aquí —me corrige Aurelio, señalando el reloj del tablero de su resplandeciente Chevy azul 1948—. ¡Funciona!, ¿ve?

Su tono implicaba un milagro. En efecto, a muchos cubanos les parece que los relojes han empezado a funcionar otra vez tras un largo receso. Desde que los presidentes Raúl Castro y Barack Obama descongelaron las relaciones diplomáticas entre sus países, en diciembre de 2014, La Habana ha abierto los ojos. En un ambiente marcado aún por el hambre y los últimos vestigios de la Guerra Fría, la ciudad se está permitiendo respirar nuevos aires de libertad. ¿Qué cambios traerán consigo? Cierto suspenso acompaña la transformación que ya está ocurriendo. Ése es el motivo por el cual muchos curiosos visitan La Habana en estos días.

Fundada por los conquistadores españoles en 1519, La Habana tiene  hoy 2.1 millones de habitantes; entre ellos hay artesanos, mecánicos, burócratas, empleadas domésticas, policías, miembros del Partido Comunista, escritores y artistas, pero muy rara vez uno se topa con banqueros. A pesar de sus ruinosos edificios, sus calles llenas de baches, la falta de una conexión confiable a Internet y la escasez de muchos productos y servicios básicos, la capital tiene mucho que ofrecer. En primer lugar, su gente; es amistosa, culta y tiene un saludable sentido del humor, “sin el cual no habríamos sobrevivido a los años de penurias”, afirma el joven conductor de un triciclo motorizado.

Como en las películas en blanco y negro de Nápoles y la joven Sophia Loren, se puede ver ropa secándose al sol en La Habana Vieja. Al caer la tarde los niños (algunos todavía con el uniforme escolar puesto) juegan felices en los portales. Bajo un perfecto cielo azul, los triciclos motorizados, taxis amarillos, camiones y carros tirados por animales escenifican en las calles un desfile inteligentemente coreografiado, con un incesante estruendo de bocinas. Sin importar hacia donde dirija uno la mirada, no hay a la vista ni un solo centro comercial, pabellón de comida rápida o anuncio de alguna marca conocida.

Desgastados por aventuras políticas de todo tipo y sometidos a crueles privaciones a lo largo del “periodo especial”, como llamaron a los años que siguieron al colapso de la Unión Soviética (situación que llevó al país a una seria crisis económica), los cubanos han ganado el reto de ahorrar al máximo. Con un salario individual de 20 dólares al mes, en promedio, no han tenido otra opción.

Con más de 11 millones de habitantes y una tasa de alfabetismo de casi el 100 por ciento, Cuba lleva 10 años presenciando una emigración masiva de su gente, en particular desde 2013, cuando flexibilizó notablemente las regulaciones sobre los viajes al extranjero. Se calcula que entre un millón y un millón y medio de cubanos (cerca de tres cuartos de la diáspora) se han establecido en Estados Unidos. Los que permanecen en la isla han tenido que recurrir a todo su ingenio para mantenerse a flote.

En 2011 Alejandro, un cnico en electrónica de 46 años, se unió al llamado “bastión de cuentapropistas” (trabajadores autónomos) porque quería viajar y comprar ropa, comida y zapatos deportivos en el mercado negro (“Los zapatos que fabrica el Estado son muy feos”, dijo).

Con el auto de su madre, un Moskvitch soviético modelo 1991, trabaja por cuenta propia como taxista en La Habana, y pasa entre 12 y 15 horas al día tras el volante. Los hoteles de la ciudad dan prioridad a los taxis oficiales, lo que genera muchas dificultades. “Tengo problemas con la competencia”, expresa Alejandro. “Me gustaría volverme servidor público, pero el Estado no les paga bien a sus empleados”. Por ese motivo él, como muchos otros, ya están sopesando los riesgos de hacer la transición a la economía de mercado.

Pese a las dificultades que ha tenido en las últimas décadas, Cuba es un semillero de artistas talentosos, escritores de talla internacional (como Leonardo Padura) y pintores reconocidos. La Plaza de San Francisco de Asís en La Habana, con su magnífica iglesia barroca reconstruida del siglo XVIII, ofrece conciertos de música clásica prácticamente todas las noches. La arquitectura, descuidada durante casi medio siglo, hoy está experimentando un renacer en la bulliciosa capital, cuyo esplendor ofendía a los líderes de la Revolución. La Habana, con su Ciudad Vieja y su red de fortalezas hoy consideradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, puede vanagloriarse de sus muchos edificios de exquisito estilo art déco y sus tesoros de diseño contemporáneo.

A bordo de un autobús con académicos estadounidenses, aprendí sobre la herencia arquitectónica de La Habana gracias al profesor Julio César Pérez Hernández. Este arquitecto imagina el futuro de su ciudad con abundantes espacios verdes, una revitalización de la zona costera y mejoras en la red de transporte público. Algunos muestran temor ante este interés por la arquitectura y los desarrollos inmobiliarios. “Los estadounidenses impondrán otra vez su estilo de vida”, advierte un profesor de historia cubana.

Esta desconfianza está arraigada profundamente en la psique colectiva de uno de los pocos países que desdeñan por sistema a Estados Unidos. Los cubanos siguen aferrados a ciertos aspectos del modelo socialista de Fidel Castro. Según el arzobispo de La Habana, el cardenal Jaime Ortega, sus compatriotas nunca renunciarán a la educación gratuita ni al sistema de salud universal y gratuito.

Con todo, “los cubanos quieren a los estadounidenses”, asegura Guy Chartier, un promotor inmobiliario canadiense que divide su tiempo entre Montreal y La Habana. En sociedad con el gobierno cubano, Chartier supervisa los preparativos para la construcción de un complejo hotelero y otro de negocios turísticos que se inaugurarán entre 2018 y 2019. “Si asisto a una junta donde hay un estadounidense, le doy la más cordial de las bienvenidas, aunque yo provenga de un país que jamás ha cortado relaciones con Cuba”, dice. “Estos dos pueblos comparten muchas cosas, no sólo la pasión por el beisbol. En mi opinión, su reencuentro se producirá de una manera muy natural”.

A unos 20 kilómetros de distancia, en Playas del Este, Tomás Martí, conductor de un autobús turístico, se ha tomado el día libre para celebrar el cumpleaños de su esposa junto con su familia. Este hombre de unos 55 años de edad alguna vez fue profesor de derecho en la Universidad de La Habana. Como tenía muchas bocas que alimentar (éste es su tercer matrimonio), abandonó la docencia para buscar un trabajo más lucrativo. Le encantaría aprender italiano, pero aún no ha hallado la manera de hacerlo. Le sugiero que escuche discos del pianista y cantautor italiano Paolo Conte, pero me responde que no se pueden conseguir en Cuba.

Los cubanos parecen tener cierta debilidad por los idiomas extranjeros. Uno me habla de su pasión por el francés, y otro, Pablo Fernández, me ruega que le hable en inglés para poder ampliar su vocabulario. Dice que ha tomado clases de computación, pero que le han servido muy poco porque no hay perspectivas laborales en ese sector en Cuba.

Hombre inteligente y jovial, Pablo deja de sonreír cuando le digo que voy a incluir su nombre en mi artículo. He malinterpretado el sentido de libertad que hay en las calles de La Habana. Aunque la gente entabla charlas con los visitantes tranquilamente, la libertad de expresión aún se encuentra en fase embrionaria aquí.

Sin embargo, hay algunas señales alentadoras, cosas que apenas hace unos meses eran impensables. Por ejemplo, desde la apertura de relaciones diplomáticas, en La Habana Vieja han proliferado las camisetas, las gorras y otras prendas con los colores de la bandera estadounidense. Y en marzo pasado Barack Obama se convirtió en el primer presidente estadounidense en funciones en visitar Cuba en casi 90 años.

Es evidente que La Habana va a cambiar mucho. Por eso conviene visitar este lugar ahora mismo, porque no es tan frecuente tener la oportunidad de echar una mirada al presente de una isla… desde su pasado.