Dos parejas de padre e hijo remontaban una duna en la costa del lago Michigan cuando de pronto uno de los niños desapareció sin hacer ruido…  

Los dos niños iban caminando detrás de sus padres por el arenoso sendero. Hacía unos minutos estaban en la playa, disfrutando de aquella tarde de julio de 2013 en el lago Michigan. De vacaciones en el Parque Nacional Dunas de Indiana, habían decidido recorrer la principal atracción del lugar: las extensas dunas que el viento y las olas han depositado en la margen sudeste del lago.

La duna más grande y empinada es Mount Baldy, de 38 metros de altura, situada muy cerca de la playa. Greg Woessner y su hijo Nathan, de seis años, habían emprendido el paseo con Keith Karrow —un amigo de la familia— y su hijo Colin, de siete años. Las esposas se quedaron en la playa con sus otros hijos, y ellos cuatro echaron a andar hacia la cima de Mount Baldy. A la mitad del camino cuesta arriba, Colin gritó:

—¡Nathan ya no está!

Los hombres se dieron vuelta, desconcertados. Instantes después, otro grito de Colin les heló la sangre:

—¡Cayó aquí, en este hoyo!

En efecto, en la arena había un hoyo que no llegaba a 45 centímetros de ancho. Greg se arrodilló y llamó a su hijo a gritos. Desde algún rincón del oscuro foso, Nathan respondió:

—¡Tengo miedo, papá!

No podían verlo, pero alcanzaban a oír que estaba llorando.

—Parece muy cerca —dijo Keith.

Los hombres metieron los brazos en el hoyo y los movieron, pero no tocaron nada. Keith le dijo a Greg que lo sujetara de los tobillos para introducirse en la cavidad; estiró los brazos y los movió en todas direcciones, pero no alcanzó al niño. Tras sacar a Keith, Greg miró a su alrededor en busca de un palo, una cuerda o cualquier otra cosa que pudiera usar para alcanzar a su hijo, pero allí no había más que arena. Se arrodilló otra vez y empezó a escarbar con las manos. Keith hizo lo mismo. Nathan seguía llorando.

—Cálmate y no te muevas —le gritó Greg—. Te voy a sacar de allí.

De pronto el hoyo se desdibujó, y en su lugar quedó un montículo cubierto de un polvo fino, sepultando al niño bajo la arena.

 

La madre de Nathan, Faith, no entendía lo que Colin gritaba mientras corría hacia ella atravesando la playa, pero intuyó que su hijo estaba en peligro y echó a correr hacia la cima de Mount Baldy. A mitad de la cuesta divisó a Keith, que estaba arrodillado escarbando en la arena, y en seguida a Greg, quien caminaba hacia ella con un gesto de angustia.

—El niño está debajo de la arena —le dijo, asiéndola del brazo.

Faith gritó, apartó a su esposo de un empujón y corrió hacia el sitio donde se había hundido su hijo.

Una vez allí, empezó a escarbar con desesperación. Pensó en un hombre de Florida a quien hacía poco se lo había tragado la tierra mientras dormía y nunca lo encontraron. Se imaginó a su hijo en la oscuridad, aterrado, luchando por respirar. ¡No te detengas, sigue escarbando!, se dijo. Los tres adultos escarbaban frenéticamente, con el pelo y la boca cubiertos de arena, y muy conscientes de que el tiempo se les agotaba.

Pero con el paso de los minutos la tarea se volvió una pesadilla: cada vez que ganaban un poco de profundidad, la arena se escurría cuesta abajo y anulaba sus esfuerzos; con todo, seguían escarbando. La esposa de Keith, Rachel, había telefoneado al servi-cio de emergencias, y los equipos de rescate empezaron a llegar: policías, bomberos y socorristas. No llevaban palas, así que también se arrodillaron y se pusieron a escarbar.

La cavidad seguía llenándose de arena, y Faith rezaba. Los socorristas pedían por radio herramientas, ex-cavadoras, más hombres. Ya había transcurrido una hora.

—Pase lo que pase —le dijo Greg a Faith—, se irá a casa con nosotros. No nos iremos de aquí sin él.

Llegaron más bomberos, esta vez con palas. En el lugar había ya unas 40 personas, todas quitando arena con desesperación. Pero aun contando con las herramientas, al cabo de otra hora apenas habían alcanzado un metro y medio de profundidad, sin ninguna señal de Nathan.

Brad Kreighbaum, un bombero, apremiaba a gritos a sus compañeros para que no desistieran: “¿Y si fuera uno de sus hijos el que estuviera allí abajo?” Nadie quería decirlo en voz alta, pero todos pensaban que, luego de estar dos horas enterrado, lo más probable era que el niño hubiera muerto. De pie junto al agujero, Faith imploraba: Señor, permite que mi hijo pueda respirar. Sostenlo en tus brazos. Ayúdanos a encontrarlo.

Una excavadora apareció al pie de la duna. Los socorristas y las dos familias observaron cómo los neumáticos de la máquina se hundían y resbalaban en la arena, y los esfuerzos inútiles del operador por tratar de remontar la cuesta. Luego llegó una pala mecánica de orugas. El operador tuvo que hacer malabares, pero logró llegar a la mitad del montículo.

—¡Van a partir en dos al niño! —le dijo Faith a Greg, aterrada.

Uno de los bomberos usaba una varilla para sondear el suelo antes de que el operador de la máquina quitara unos cinco centímetros de arena con cada palada. Pronto, otras dos palas mecánicas se sumaron a las maniobras. Los helicópteros de los canales de noticias sobrevolaban la duna; empezaba a oscurecer. Unos agentes llevaron a los padres de Nathan a la estación de policía para que rindieran una declaración formal sobre cómo había desaparecido su hijo.

 

El bombero que sondeaba con la varilla tocó un objeto de repente, y los socorristas empezaron a apartar la arena, seguros de que habían encontrado al niño. Pero, a medida que escarbaban, el objeto parecía hundirse más. Tras sondear y excavar otro poco, de nuevo creyeron haber hallado algo. Esta vez Kreighbaum quitó una capa de arena que dejó ver la coronilla de una pequeña cabeza rubia. Nathan estaba en posición vertical en la duna, y llevaba ya unas cuatro horas enterrado; el operador de una de las palas calculó que el niño se encontraba a siete metros de profundidad.

Con cuidado, los socorristas descubrieron el cuerpo inerte de Nathan hasta las axilas. Kreighbaum lo sacó de la arena poco a poco, conteniendo una sensación de dolor y agobio por el parecido del niño con su propio hijo. Lo acunó entre sus brazos unos momentos, le limpió la arena del rostro y lo llevó a una parte firme de la duna. Nathan no tenía pulso ni respiraba, y su cuerpo estaba helado. Los socorristas extendieron una lona sobre sus cabezas para que las cámaras de la prensa no captaran la sombría escena del traslado del niño cuesta abajo.

En la estación de policía, un agente notificó a Greg y a Faith que habían encontrado a su hijo, pero no les dijo si vivo o muerto. Los esposos se dirigieron de inmediato al hospital. Un socorrista los recibió, pero ellos no escucharon la mayor parte de lo que les dijo; sólo les importaron las tres primeras palabras: “Nathan está vivo”. Más tarde conocerían los detalles: que mientras yacía en el asiento trasero de la camioneta de un salvavidas de la playa, el niño aparentemente sin vida de pronto había empezado a sangrar de una pequeña cortadura en la cara, señal de que el corazón le latía; que quizá haya habido una bolsa de aire donde quedó atrapado, a siete metros de profundidad, y que la arena fría debe de haber enfriado su cuerpo y reducido la necesidad de oxígeno. Poco después se supo que el hueco probablemente había alojado un árbol que se pudrió y cayó por el incesante movimiento de la duna.

La recuperación de Nathan sólo puede describirse como milagrosa. Los médicos le extrajeron arena de la boca, la tráquea y los pulmones, pero cuando el niño recuperó el conocimiento, habló sin dificultad. Al cabo de dos semanas se encontraba en casa, jugando con sus tres hermanos. El daño cerebral que los médicos pronosticaron que podría presentar como secuela nunca se manifestó, si bien Nathan no recuerda absolutamente nada de lo que le ocurrió bajo la arena. Faith tiene una explicación de la increíble experiencia que vivió su hijo. “Dios hizo esto por nosotros”, señala, aún conmovida. “Respondió a nuestras súplicas”.