Un encuentro fortuito puede cambiar para siempre una vida.

Durante 28 años, tres meses y 12 días conduje un taxi en la Ciudad de Nueva York. Si alguien me preguntara qué desayuné ayer, probablemente no lo recordaría. Pero lo que nunca olvidaré es a cierto pasajero a quien llevé en mi auto.

Era una soleada mañana de lunes, en la primavera de 1966. Circulaba yo por la avenida York en busca de clientes, pero hacía un tiempo tan espléndido que poca gente quería encerrarse en un taxi. Acababa de detenerme en un semáforo justo enfrente del Hospital de Nueva York, cuando alcancé a ver a un hombre bien vestido que bajaba a toda prisa por la escalinata del hospital y me hacia señas de que lo esperara. 

En ese momento la luz del semáforo cambió a verde. El conductor que iba detrás de mí tocó el claxon con impaciencia, y oí el silbatazo de un agente de tránsito, pero yo no estaba dispuesto a perder aquel cliente. Por fin llegó el hombre y subió.

—Al Aeropuerto LaGuardia, por favor —me dijo—. Y gracias por haberme esperado. 

¡Que bien!, pensé. A esa hora había mucha actividad en el aeropuerto y, con un poco de suerte, podría regresar a la ciudad con otro pasajero. Como siempre, sentí curiosidad por saber cómo era mi cliente. Me pregunté si le gustaría charlar, o sería de los que no abren la boca o esconden la cara tras un periódico. Instantes después, el señor inició la conversación de una manera muy poco original: 

—¿Le gusta ser taxista?

Como era una pregunta trillada, le di una respuesta trillada:

—No me quejo. Es un trabajo que me da para vivir y me permite conocer gente interesante. Pero si me ofrecieran un empleo donde ganara 100 dólares más a la semana, lo tomaría. Usted haría lo mismo, ¿o no? 

—Yo no cambiaría de empleo aunque me pagaran 100 dólares menos a la semana —repuso. 

Su contestación me desconcertó. Jamás había oído cosa semejante, así que le pregunté:

—¿A qué se dedica usted? 

—Trabajo en el departamento de neurología del Hospital de Nueva York —respondió. 

Siempre me ha interesado la gente y he procurado aprender algo de ella. Más de una vez, durante un recorrido largo, se creó entre mi pasajero y yo una corriente de simpatía, y muy a menudo recibí excelentes consejos de un contador, un abogado o un plomero. Quizá se haya debido a que este cliente en particular amaba su trabajo, o tal vez fue por la agradable atmósfera que se respiraba aquella mañana de primavera, pero el caso es que decidí pedirle ayuda. Ya estábamos cerca del aeropuerto y no había tiempo que perder. 

—¿Podría pedirle un gran favor? —como no obtuve respuesta, proseguí—. Tengo un hijo de 15 años; es un buen chico y va muy bien en la escuela. A mi esposa y a mí nos gustaría enviarlo a algún campamento en el verano, pero él quiere trabajar. El problema es que nadie contrata a un muchacho tan joven a menos que su padre conozca a alguien que sea dueño de un negocio, y yo no conozco a nadie que me pueda echar una mano —hice una pausa—. ¿Hay alguna posibilidad de que usted le consiga un empleo para las vacaciones, aunque no se le pague?

Mi pasajero seguía callado, y yo empecé a sentirme incómodo por haber tocado ese tema. Sin embargo, cuando llegamos a la rampa que conduce a las terminales, me dijo: 

—Mire usted, los estudiantes de medicina del hospital van a hacer un trabajo de investigación en el verano. Quizá su hijo pueda ayudar en algo. Dígale que me envíe una copia de su historial escolar.

Buscó una tarjeta de presentación en su bolsillo, pero no la encontró. 

—¿Tiene usted algún pedazo de papel? —me preguntó.

Arranqué una tira de la bolsa donde llevaba mi almuerzo, y él anotó algo en ella, me pagó y se fue.

Jamás lo volví a ver.

Esa noche, reunido con mi familia a la mesa del comedor, saqué del bolsillo de mi camisa la tira de papel. 

—Robbie —anuncié con orgullo—, tal vez con esto puedas conseguir un empleo para el verano. 

Mi hijo tomó la tira de papel y la leyó en voz alta:

—Doctor Fred Plum. Hospital de Nueva York.

Al día siguiente, mi hijo envió su historial escolar. Dos semanas después, cuando volví a casa del trabajo, Robbie me recibió con cara de felicidad. Me entregó una carta dirigida a él y escrita en fino papel grabado en relieve. El membrete decía: “Dr. Fred Plum, Director de Neurología, Hospital de Nueva York”. Robbie debía comunicarse con la secretaria del doctor Plum para concertar una entrevista.

Le dieron el empleo. Trabajó dos semanas como voluntario, y el resto del verano le pagaron 40 dólares semanales. La bata blanca de laboratorista que usaba cuando acompañaba
al doctor Plum en sus rondas por el hospital, para ayudarlo en lo que podía, lo hacía sentirse mucho mas importante de lo que en rigor era.

El siguiente verano Robbie trabajó de nuevo en el hospital, pero esta vez le asignaron más responsabilidades. Al acercarse la fecha en que iba a graduarse del bachillerato, el doctor Plum tuvo la gentileza de darle cartas de recomendación para que pudiera ingresar en una escuela superior. Nos alegramos muchísimo al saber que Robbie había sido aceptado en la Universidad Brown, en Providence, Rhode Island.

Por tercera ocasión trabajó durante el verano en el hospital, y poco a poco le fue tomando cariño a la profesión médica. Poco antes de terminar la licenciatura, presentó solicitud de ingreso en varias escuelas de medicina para hacer un posgrado. Nuevamente, el doctor Plum le dio cartas de recomendación en las que hablaba favorablemente de la capacidad de mi hijo y de su personalidad. 

Robbie fue aceptado en el Colegio de Medicina de Nueva York y, una vez que obtuvo el título, hizo una residencia de cuatro años para especializarse en ginecoobstetricia.

El doctor Robert Stern, hijo de un modesto taxista, llegó a ser jefe de residentes de su especialidad en el Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia, en la Ciudad de Nueva York. 

Algunos dirán que fue cosa del destino, y quizá tengan razón. Sea como haya sido, lo que he relatado aquí demuestra que de un encuentro fortuito pueden surgir grandes oportunida-des, incluso de algo tan simple como un viaje en taxi.   

Irving Stern tiene 92 años y aún vive en Brooklyn. Su hijo Robbie (ahora el doctor Robert Stern) y el doctor Plum se enviaron tarjetas de Navidad todos los años, hasta la muerte de Plum, en 2010. Hoy día el doctor Stern es ginecoobstetra especialista del grupo Health-Quest Medical Practice, en Fishkill, Nueva York. Tiene un hijo que es cardiólogo, y dos hijas, una dentista y la otra abogada. “Quizá le deba todo esto al doctor Fred Plum”, dice. “Nunca lo olvidaré”.