Fui a conocer a estos dos jóvenes deportistas para un reportaje televisivo que estaba yo haciendo, y me quedé con ellos porque ya no pude dejarlos.

—¿Por qué te quedaste? —me preguntó Dartanyon Crockett mientras esperábamos a que la luz del semáforo cambiara a verde.

Siempre pensé que él lo sabía.

—Porque los quiero —le contesté.

—Eso supuse que ibas a decir —replicó—. Pero, ¿por qué te quedaste aquí y sigues haciendo tanto por nosotros?

La respuesta a la segunda pregunta no era tan sencilla como la primera… porque la vida puede ser muy complicada y, en algunas ocasiones, apelar al amor no es suficiente.

Dartanyon y Leroy Sutton se ganaron un sitio especial en mi corazón hace cuatro años. Como productora de la cadena de televisión ESPN, me dedicaba a compilar y relatar historias de interés humano en el ámbito deportivo. Cubría de todo, desde figuras legendarias como Derek Jeter y Michael Jordan hasta deportistas aficionados con discapacidad y beisbolistas de Ligas Menores aquejados de enfermedades terminales. Sin embargo, lo que descubrí al presenciar las competencias de lucha libre en la Escuela de Bachillerato Lincoln-West, en Cleveland, Ohio, en 2009, hizo que mi espíritu se hundiera y se elevara al mismo tiempo.

Dartanyon era el deportista más talentoso de la Escuela Lincoln-West. Ganador en múltiples categorías de peso, medía 1.70 metros de estatura y tenía brazos musculosos y fuertes como ramas de árbol. Pero era un muchacho sin hogar. Su madre murió a causa de un aneurisma cuando él tenía ocho años, y sus familiares se lo llevaron a vivir a un edificio donde se vendían y consumían drogas. Dartanyon no sabía dónde se encontraba porque es legalmente ciego. Nació con atrofia óptica de Leber, una enfermedad que le impide reconocer las facciones de una persona situada a unos cuantos metros de distancia.

Montado literalmente sobre la espalda de Dartanyon estaba Leroy Sutton, su compañero de equipo. Dartanyon traslada así a su amigo cuando hay competencias de lucha libre porque Leroy no tiene piernas. A los 11 años de edad lo atropelló un tren. En el hospital, los médicos tuvieron que amputarle la pierna izquierda por debajo de la rodilla, y la totalidad de la pierna derecha. Su madre, abrumada por el sentimiento de culpa, se hundió en el consumo de drogas; desaparecía del hogar por temporadas, y Leroy tenía que cuidar de su hermana. El padre de los chicos pasó casi toda la niñez de Leroy en la cárcel. El muchacho aprendió a ocultar su desdicha tras una enorme sonrisa.

El que carece de piernas es llevado a cuestas por el que no puede ver. Al principio me quedé con ellos simplemente porque no pude dejar de mirarlos.

Dartanyon y Leroy compartían algunas clases en la escuela, siempre sentados uno junto al otro. Dartanyon se levantaba para afilar los lápices de Leroy, y éste le leía a su amigo los textos con letra pequeña. No obstante, cada vez que me conmovía con sus actos de ternura, ellos volvían a hacer gala de su humor de adolescentes con un estilo único. “Muchachos, ¿hicieron la tarea?”, les preguntaba su maestro. “Dartanyon lo intentó”, respondía Leroy, “pero no pudo verla”. Entre risas, el otro chico decía: “Sí, Leroy vino corriendo y me la leyó”.

Los muchachos recorrían juntos los pasillos de la escuela. Dartanyon apoyaba una mano sobre la silla de ruedas de Leroy, en parte para guiarse al caminar y en parte para actuar como un protector, como un hermano. Sus profesores me dijeron que eran “unos buenos estudiantes”.

La alegría que irradiaban en la escuela era contagiosa. Cientos de adolescentes pasaban a través de los detectores de metales de las puertas cada mañana, y muchos saludaban a Leroy y Dartanyon dándoles palmadas afectuosas en el hombro. Menos del 50 por ciento de ellos llegaría a terminar el bachillerato; sin embargo, los dos amigos se abrían paso en medio de aquel caos con gracia, sin permitir que nada menoscabara su esperanza de salir adelante. En las hojas de sus cuadernos Dartanyon garabateaba “Destinado a la grandeza”.

Para lograr que las sutilezas de su amistad se manifestaran frente a la cámara, yo tenía que ganarme su aprecio y confianza. Esto fue difícil al principio, porque yo me crié en el otro lado de Cleveland. Mis padres lograron ahorrar dinero suficiente para enviarme a una escuela privada y protegerme de “esas personas”. Yo siempre me pregunté qué estaba mal en esa gente. Ahora me doy cuenta de que la inquietud de mis padres se parecía mucho a la incomodidad que sentí yo al recorrer los pasillos de la Escuela Lincoln-West.

Pese a ello, Dartanyon y Leroy me dejaron entrar a su mundo. Me enseñaron su jerga y se burlaban de mí cuando la usaba. Me hablaron sobre sus batallas: Dartanyon con ansias, como si hubiera esperado toda la vida a alguien que quisiera conocerlo. A Leroy le costó más trabajo revelarme sus intimidades. Había sufrido abandonos muchas veces, pero hablarme sobre su pasado se convirtió en una especie de terapia para él.

Me quedé con ellos porque no quería ser la siguiente en la lista de personas que los abandonaba. Al terminar la temporada de lucha libre, Dartanyon y Leroy compitieron en levantamiento de pesas, y ambos tuvieron una excelente actuación. Leroy tenía el récord estatal en press de banca, y su amigo, en peso muerto. Inmediatamente después de ganar el campeonato de su categoría, en abril de 2009, Dartanyon descubrió que le habían robado todas sus pertenencias.

Esa semana lo llevé en mi auto a varios sitios para reemplazar lo que había perdido: un pase de autobús, un teléfono celular, una copia certificada de su acta de nacimiento y un viaje a la oficina del Seguro Social para reponer su identificación oficial. Su mundo era cruel, y la valentía con que le hacía frente me conmovió. Pagué por sus cosas, con lo que infringí una regla del periodismo, pero me pareció más importante aliviar su sufrimiento que hacer un reportaje inmaculado. Posteriormente, Dartanyon me dijo que estaba convencido de que Dios me había puesto en su camino por razones más nobles que un programa de televisión.

Me trasladé a la ciudad de Akron para filmar el viejo barrio de Leroy, lo cual requirió una escolta policial.

—Bienvenida al “condado de los terratenientes” —me dijo un agente—. Llamamos así a este barrio porque quienes nacen aquí nunca se van a otro sitio. Sólo se mudan de casa en casa en busca de más drogas.

Me quedé allí porque tenía un peso tan grande en el corazón, que mis piernas no pudieron moverse.

Ese verano edité el reportaje “Seguir adelante”, rezando por que algún televidente se sintiera inspirado para ayudar. Después de las transmisiones, cientos de mensajes inundaron mi buzón electrónico; eran ofrecimientos de dinero y testimonios de cómo la amistad de esos dos jóvenes había sacudido su alma. Dartanyon y Leroy ya no eran invisibles. Me acurruqué en mi sofá y lloré.

Contesté cerca de 1,000 mensajes electrónicos. Cada vez que les contaba novedades interesantes, Dartanyon me daba las gracias y me abrazaba efusivamente; Leroy, en cambio, mantenía su actitud estoica.

—Leroy, si en algún momento no quieres saber más de esto, sólo tienes que hablar conmigo —le dije—. Lo que menos quiero en la vida es imponerte mis deseos.

—No, todo está bien —contestó.

—Pero cuando todo está bien, las personas por lo general sonríen o dicen algo —repliqué—. Cada vez que te llamo por teléfono para darte buenas noticias, te quedas callado. Ni siquiera estoy segura de que estás del otro lado de la línea.

—Nadie me había llamado nunca para darme buenas noticias. No sé qué tendría que responder.

Me quedé allí porque me propuse llenar la vida de Leroy con mil cosas buenas hasta que estallara de alegría. En noviembre de 2009, gracias a la generosidad de los televidentes que hicieron donativos, el muchacho se mudó a Arizona para estudiar diseño de videojuegos en el Collins College. Yo tenía dudas de que pudiera valerse solo, pero, una y otra vez, Leroy sorprende a los escépticos. Fue el primero en su familia en graduarse de bachillerato, y en 2013, el primero en recibir un título universitario, mientras Dartanyon y yo le aplaudíamos.