Tres parejas de amigos fueron a pescar a una apartada bahía de la costa finlandesa sin imaginar lo que iban a vivir en el mar congelado…

Seppo Makela, taxista de 63 años de edad, no estaba nada contento. De pie en la sala de su elegante y moderno apartamento, se volvió hacia su esposa y le dijo:

—No puedo ir, Soile, tengo cosas pendientes en la casa de verano.  

La pareja, de Rauma, un pequeño puerto de la costa suroeste de Finlandia, tenía un chalet de madera junto al mar, y Seppo debía ir allí porque había encargado unos trabajos de plomería. 

Pero iba a faltar a su palabra. Había aceptado la invitación de unos amigos a pescar en el hielo en una remota bahía llamada Marjuksenranta, a unos 100 kilómetros al sur de Rauma. Uno de sus amigos, Lars Erkkilä, se ufanaba de una enorme perca que había atrapado allí hacía poco. 

—Ve tú sin mí —le dijo Seppo a Soile sin disimular su disgusto.

Era el 19 de marzo de 2012; pronto se derretiría el hielo y no podrían ir a pescar hasta el año siguiente. Lars iba a pasar por Soile, de 64 años, a las 8 de la mañana. Seppo la vio preparar comida y empaquetarla.

—Bueno, al diablo con los arreglos —dijo Seppo—. Iré también.

Soile le sonrió. El trabajo en el chalet podía esperar.  

Los amigos de Seppo se alegraron al verlo con su equipo de pesca en la mano cuando llegaron en auto a la entrada del edificio donde vivían los Makela. Además de Lars y su pareja, Pirjo Laine, viajarían Paavo y Ritva Salminen. Paavo, de 75 años, también había sido taxista en Rauma, y por más de 35 años él y Seppo se habían suplido el uno al otro en los turnos de trabajo y habían organizado eventos de caridad en la asociación de taxistas locales. Ritva y Soile también habían prestado ayuda en la asociación, y como las dos parejas se llevaban muy bien, solían dar paseos juntas. 

De enero a marzo los amigos iban a pescar al menos una vez a la semana a una de las islas situadas frente a Rauma, y comían, bebían y charlaban apiñados junto a pequeños agujeros que hacían en el mar helado en espera de que los peces picaran.

—Se burlarían de mí toda la vida si me perdiera este viaje y ustedes pescaran algo enorme —dijo Seppo.

El grupo se dividió en dos coches, el de Lars y Pirjo y el de los Makela. Hacía frío —unos 5 °C—, pero no había nubes y se deleitaron con el espléndido paisaje de la carretera rural que lleva a Marjuksenranta. Entre los árboles del extenso bosque se veían casitas pintadas de colores, y de vez en cuando alguna grulla se posaba en un campo cercano. 

Tras recorrer un camino de tierra de 1.5 kilómetros en medio del bosque, llegaron a Marjuksenranta. La bahía, de unos dos kilómetros de ancho, se reconoce por una veintena de islotes cubiertos de árboles. A lo lejos se divisaban casas de verano rodeadas de árboles. En la playa rocosa Seppo vio unos viejos rysakëppi —postes de cinco metros de altura que se usan para amarrar redes de pesca— abandonados. ¿Por qué estarán aquí?, se preguntó extrañado.

Para sorpresa del grupo, eran las únicas personas que se encontraban allí. Sin embargo, no tenían motivos para preocuparse; en las últimas noches había helado, y Seppo había ido a pescar apenas unos días antes a un punto habitual cerca de Rauma sin sufrir ningún contratiempo.

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Todos se pusieron botas con crampones y varias capas de ropa gruesa, se abrocharon las mochilas y empezaron a tirar de dos trineos llenos de comida y equipo de pesca sobre la superficie del mar congelado. Lars y Paavo seguían a Pirjo, una sonriente pelirroja de 65 años, y un poco más atrás iba Ritva, de 75 años, que acababa de ser operada de una pierna. 

Seppo y Soile aún estaban en la orilla, forcejeando con el cierre atascado de la chaqueta de ella.

—Date prisa —dijo Seppo—. Los peces grandes nos están esperando. 

Lars de pronto se detuvo y señaló un punto ubicado a unos 500 metros de distancia, cerca de un islote.

—¿En verdad tenemos que llegar hasta allí? —preguntó Ritva, que ya empezaba a cansarse.

Entonces miró el hielo: en vez de estar blanco, tenía un tono gris azulado. A unos 150 metros de la orilla, a gritos le dijo a Lars:

—Como no hay nadie más aquí, ¿no crees que deberíamos probar el estado del hielo? 

Lars asintió con la cabeza y, de espaldas al mar abierto, tomó su taladro de mano para perforar la superficie helada. Entonces se oyó un fuerte crujido y Lars se hundió en el agua sin soltar el taladro. El hielo debía tener por lo menos 30 centímetros de grosor, pero, sin que el grupo lo supiera, las rápidas corrientes submarinas lo habían adelgazado más de 15 centímetros justo en ese punto. 

Lars, hombre rollizo, calvo y de mejillas sonrosadas, tenía fama de bromista, y los demás pensaron que estaba jugando.

—¡Anda, amigo, sal de ahí! —le gritó Paavo, soltando una risita, y alargó la mano para sacar a Lars.

Paavo, hombre fornido y bajo de estatura, no tenía motivos para pensar que el hielo bajo sus pies era endeble, y cuando se agachó para sacar a Lars, el hielo se agrietó aún más y él también cayó al agua, seguido instantes después por Pirjo. 

Se aferraron al borde de lo que se había convertido en un hoyo de tres metros de ancho. Habrían salido fácilmente de allí usando sus piolets, pero entonces se dieron cuenta, angustiados, de que los habían dejado dentro de las mochilas en vez de llevarlos atados al hombro, como es la práctica habitual. Lars sacó los codos y los apoyó en el hielo, pero éste se rompió otra vez con el peso. 

Ritva empujó uno de los trineos hasta el agujero y les lanzó las delgadas cuerdas a Lars y a Paavo, pero el cansancio y el frío se apoderaron de ellos rápidamente y no consiguieron salir. Aunque Ritva hubiera podido acercarse al borde del hoyo sin que el hielo se rompiera, no tenía la fuerza necesaria para sacarlos, así que se quedaron sujetando las cuerdas del trineo mientras Paavo intentaba sostener a Pirjo con la pierna.

Pasaron dos minutos. La temperatura del agua se acercaba ya al punto de congelación y ninguno de los tres que habían caído podría permanecer consciente más de 15 minutos, menos aún siendo personas mayores; sin duda morirían poco después de que transcurriera ese lapso.

 

Mientras tanto, los Makela caminaban sobre el hielo charlando alegremente. Seppo miró hacia el sitio donde se encontraban sus amigos. Alcanzaba a ver a Ritva, pero no a Lars ni a Paavo. Entonces vio el enorme agujero en el hielo y, asomando apenas sobre la superficie, las cabezas y los brazos de sus amigos.

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—¡Cayeron al agua! —exclamó.

Tras una pausa, dio media vuelta y echó a correr hacia la playa.

—¡Oye, no vayas para allá! —le gritó Soile, confundida.

Pero Seppo tenía un plan. Alzó uno de los postes abandonados y empezó a arrastrarlo hacia el hoyo donde estaban atrapados sus amigos.

Soile se acercó a toda prisa al agujero, sacó su taladro de mano y alargó el brazo para que alguno de los tres lo sujetara, pero fue en vano. Lars y Pirjo pidieron auxilio a gritos, conscientes de que, aparte de ellos y sus amigos, no había gente cerca.

Por fin Seppo llegó con el poste. Para entonces, Ritva estaba muy preocupada por Pirjo; ésta padecía una enfermedad cardiaca, y los labios se le habían puesto azules. Se va a morir si no conseguimos ayuda pronto, pensó Ritva. Sintiendo que se congelaba, Lars miró a su pareja; llevaban ya unos cuatro minutos en el agua.

—Por lo menos salva a Pirjo —le gritó a Seppo.

—Traten de calmarse —contestó Seppo—. Todo va a salir bien. 

Hombre alto y correoso, acercó el poste al hoyo. Pirjo se asió a él, pero no con la fuerza suficiente para que Seppo pudiera sacarla. Entonces éste se acercó un poco más al hielo roto, atravesó el poste sobre el agujero y le puso un pie encima para evitar que se moviera. Se agachó, sujetó a Pirjo por el cuello de la chaqueta y, tirando con fuerza, la subió al hielo. 

Momentos después, Seppo volvió a poner el pie sobre el poste, que esta vez estaba atravesado entre dos trozos de hielo roto y el agua helada en medio. Está arriesgando la vida por nosotros, pensó Ritva. 

Consciente del peligro, Seppo le dio órdenes rápidas y precisas a su esposa para que perforara un poco el hielo con el taladro y dejara éste hundido, de modo que él pudiera usarlo como anclaje para fijar el poste. Soile lo hizo, pero el taladro se hundió en el hielo. Por fortuna, el brazo de la herramienta, de 25 centímetros de largo, se quedó atorado, sobresaliendo apenas para que Seppo pudiera afianzar el poste por detrás. No era una base muy firme, pero le serviría para intentar alcanzar a Paavo. 

Los segundos transcurrían rápidamente, y Paavo sentía que las manos se le estaban congelando. El agujero medía ya más de cinco metros de ancho, y el hielo alrededor no paraba de crujir. Este lugar va a ser mi tumba, pensó Paavo con angustia. Sin embargo, la figura alta y fuerte de su viejo amigo Seppo apareció, le sujetó una mano y lo sacó del agua.

Para entonces, Pirjo iba caminando con paso tambaleante hacia la playa. Preocupado, Paavo fue tras ella. Mientras tanto, unos ocho minutos después de haber caído al agua helada, Lars se estaba quedando sin energía… y sin esperanza. Pesaba 90 kilos, y sabía que no sería fácil que Seppo lo subiera al hielo. Sólo la cara le asomaba en la superficie del agua; se estaba hundiendo en el oscuro boquete, de 30 metros de profundidad. 

 Seppo intentaba mantener la calma y la mente fría. Está bien, pensó. Sé lo que tengo que hacer. Dio unos pasos para acercarse un poco más a Lars, hizo otro agujero en el hielo con el taladro y dejó éste clavado a medias; luego enganchó un pie por detrás del brazo de la herramienta, se tendió encima del poste, alargó una mano y tiró de Lars hacia él. Sujetó lo que ya casi era un peso muerto y, con una descarga de adrenalina que le recorrió el cuerpo, logró subir al hielo a su amigo con un solo impulso.

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Lars ya estaba a salvo, pero a Seppo le quedaba una misión final: sacó una de las mochilas que flotaban en el agua y luego se alejó del hoyo. 

En la playa, Lars, tembloroso y exhausto, abrazó a Seppo.

—Vamos a pedir que te den una medalla —le dijo—. Dalo por hecho. 

—Quítense esa ropa —respondió Seppo con firmeza.

Entonces él, Ritva y Soile se quitaron algunas de sus prendas secas y se las dieron a sus amigos.

Todos estaban muy callados. No fue hasta que subieron a los autos y emprendieron el regreso a casa cuando tomaron plena conciencia de la pesadilla que habían vivido. Al ver una parada de emergencia al final de una curva de la carretera, Lars redujo la velocidad para detenerse en ella. Bajó del vehículo y caminó 10 minutos de aquí para allá hasta que se calmó lo suficiente para seguir conduciendo. Cuando volvió al coche, los demás estaban llorando también.

 

Horas después, en la noche, Paavo llamó por teléfono a Seppo.

—Estoy muy agradecido de que me hayas permitido vivir este tiempo extra —le dijo a su amigo. 

Sin embargo, Seppo no pudo dormir esa noche. No lograba apartar de su pensamiento la idea de que quizá debía haber hecho las cosas de otra manera, que sus acciones, más que salvar vidas, podrían haber ocasionado cuatro o cinco muertes. 

—Tuviste nervios de acero —le dijo Paavo al día siguiente—. Supiste qué hacer y te mostraste fuerte. Todo lo hiciste muy bien. 

El incidente afectó mucho a todo el grupo. Seppo y Paavo son los únicos que han vuelto a pescar en el hielo desde entonces (sólo una vez), y Soile se niega a volver a ese sitio. Lars se siente muy culpable por lo que pasó y aún llora cuando lo recuerda. Ritva y Paavo piensan en el accidente todos los días. “Los finlandeses no mostramos nuestras emociones”, dice ella, “pero por las noches nos vamos a la cama tomados de la mano y agradecemos por seguir vivos”. 

“Por décadas hemos sido amigos íntimos de los Salminen, y el accidente nos ha unido aún más”, señala Seppo. “Ahora Lars y Pirjo también son buenos amigos, creo”. 

Pirjo asiente, y con voz quebrada expresa: “Le he dicho a Seppo que no habrá una sola vez en que nos veamos y no lo abrace. Siempre, estemos donde estemos”. 

“Toda la vida creí que era yo mentalmente débil”, comenta Seppo. “Pensaba que si tuviera un accidente en mi taxi, no sería capaz de afrontarlo. Afortunadamente, estaba equivocado. Al menos una vez en mi vida he hecho algo extraordinario”. 

—Y pensar que estuviste a punto de no ir con nosotros a pescar —añade Paavo—. ¡Bueno, al final pescaste algunos bonitos peces gordos! 

 

El 17 de mayo de 2013, en una ceremonia especial en la cercana ciudad de Turku, el gobierno finlandés le concedió a Seppo Makela una medalla de honor por haber salvado a sus amigos.