Yo era una joven reportera, y Grace Lynch, una madre a la que hubiera querido conocer por un mejor motivo.

El 2 de febrero de 1986, la enfermera Anita Cobby, de 26 años, fue secuestrada, violada y asesinada de camino a la casa de sus padres, en un suburbio del oeste de Sydney, Australia. El horrendo crimen, y el posterior arresto de los cinco atacantes, consternó al país, e hizo que los devastados padres emprendieran una misión colosal: cambiar el sistema de justicia australiano y ofrecer apoyo a las familias de otras víctimas de delitos atroces. Cuando la periodista Julia Sheppard conoció a los padres de Anita, Garry y Grace Lynch, tres semanas después del asesinato, trabó con ellos una profunda amistad. Casi tres décadas después, Julia recuerda la serena determinación y la obra de vida de una mujer muy especial.

 

Conocí a Grace Lynch un soleado día de marzo de 1986. Que el sol brillara me pareció una triste ironía cuando subí la escalera que llevaba a su modesta casa de madera. Ella y su esposo, Garry, la construyeron en 1958, pero aquel día estaba llena de dolor y yo no quería entrar allí. Apenas tres semanas antes los Lynch, ambos en su sexta década de vida, habían recibido una noticia grave: su hija de 26 años, Anita Cobby, que era divorciada y estaba viviendo con ellos, había desaparecido. La noche anterior se había bajado de un tren en la estación de Blacktown para caminar hasta la casa, pero no había llegado. Los Lynch y su hija menor, Kathryn, de 20 años, pasaron los dos días siguientes buscando a Anita, que trabajaba como enfermera en el Hospital de Sydney.

Cuando la policía por fin encontró el cuerpo sin vida de Anita, a pocos kilómetros de su casa, dudó en notificar a la familia, ya que estaba desnudo y mostraba horrendas huellas de violencia.

En medio de un intenso escrutinio por parte de los medios informativos, se emprendió una cacería humana por todo el país, y se ofreció una recompensa de 100,000 dólares. Cinco hombres fueron arrestados y acusados del asesinato.

Yo iba a cumplir mi primer mes en un periódico local, el Blacktown Sun. Garry abrió la puerta y, sin disimular su dolor, me dio las gracias por haber ido a su casa. Grace estaba detrás de él, y con una sonrisa me condujo a la sala. Bebimos té, y Garry pasó de la alegría al contarme sobre la vida de Anita a la más profunda desesperación al relatar su muerte; lloraba desconsolado e inclinaba la cabeza cuando se le iba la voz. Serena, Grace terminaba las frases por él.

Cuando Garry echó a llorar por enésima vez, fingí buscar algo en mi bolso para que ese par de adultos tan devastados no vieran mi turbación. Mi licencia de conducir cayó al suelo; Garry la recogió, le echó un vistazo y, sorprendido, dijo:

—¡Vaya! Naciste en el mismo mes y el mismo año que mi hija.

Al despedirme, Garry me abrazó, y Grace me deseó buen viaje. Salí de la casa con dos fotos de Anita que no se habían publicado y cierta información sobre ella, la hija de los Lynch, no sobre “la víctima de un asesinato”.

A la semana siguiente, cuando fui a devolver las fotos, Garry me dijo que si íbamos a ser amigos debía llamarlo por su nombre. Grace sonrió, pero no dijo nada, así que a él empecé a llamarlo Garry, y a ella, señora Lynch.

Cinco meses después, durante la audiencia preliminar, Garry y Grace escucharon por primera vez el relato de las últimas horas de vida de su hija. Su leal amiga Anne Farmer, madre del primer novio de Anita, Michael, no se separaba de ellos. En cierto momento me encontré a Grace y a Anne cuando salían del baño. La señora Lynch parecía pasmada, así que le pregunté si todo estaba bien. Tras una pausa para recobrar la compostura, me dijo:

—Una de las madres [de los acusados] acaba de darme el pésame. Me dijo que lamentaba mucho lo que le ocurrió a Anita.

Le pregunté qué le había dicho ella, y me respondió:

—Sólo le di las gracias.

 

Todo el tiempo Grace dijo que no creía en la pena de muerte porque quería que los asesinos de su hija cumplieran su condena. “No puedo perdonarlos por su crimen”, admitió. “He perdonado a sus almas y no tienen que responder ante mí, pero necesitan vivir con su conciencia y un día tendrán que responder ante Dios por lo que hicieron”.

Garry me comentó que si no usaba la rabia que sentía por la muerte de su hija para contribuir en algo a la sociedad, temía que acabara con él y con Grace, así que en 1991 aceptó un puesto en el Comité de Revisión de Perpetradores de Delitos Graves. Era la primera vez que un ciudadano participaba en el proceso de revisión de presos considerados para ser puestos en libertad condicional.

La actitud cooperativa de los Lynch ayudó a cambiar varias leyes, a mejorar la vigilancia policial en todo el país y a promover la idea de que los ciudadanos deben coadyuvar en el esclarecimiento de los crímenes. Su mayor contribución se derivó de una petición de los agentes que les notificaron sobre el hallazgo del cuerpo de su hija: Garry Heskett, entonces jefe de la policía, y el sargento Ian Kennedy, subdirector de investigaciones. Les pidieron hablar a los investigadores jóvenes sobre su experiencia como víctimas de la delincuencia.

Grace aprovechó para reprocharle a Kennedy que no le hubiera permitido acompañar a su esposo a reconocer el cadáver de su hija en la morgue. El agente le aconsejó no ir, que era mejor que atesorara el recuerdo de su hija. Al parecer pensó que Grace no podría afrontar ese trance, pero más tarde ella le dijo que como madre necesitaba hacerlo, y que había visto muchos cadáveres antes porque también había sido enfermera. Kennedy comprendió, y le dijo que eso ayudaría mucho a la policía.

“Grace era una mujer muy valerosa y fuerte, pero como hablaba en voz baja creí que no podría soportarlo”, me contó Kennedy. “Cuando propusimos en el tribunal que los Lynch no estuvieran en la sala durante la presentación de las pruebas forenses, Grace me dijo: ‘Anita está muerta.Ya no pueden hacerme más daño’. Subestimé su fuerza. Al final fue algo que llegué a admirar de ella”.

 

Otra gran contribución de los Lynch ocurrió en 1993, después de que Ian Kennedy, a quien habían ascendido a director de investigaciones, les pidió que hablaran con los padres de Ebony Simpson, una niña de nueve años que fue secuestrada y asesinada el año anterior en Bargo, un pequeño pueblo situado al suroeste de Sydney. “Esos padres no podían resignarse a la muerte de su hija, y uno de mis agentes pensó que los Lynch tal vez podrían ayudarles”, me dijo Kennedy. “Los llevé a conocer a los Simpson, y se comportaron de maravilla. Hubo una empatía instantánea”.

Las dos parejas siguieron reuniéndose, y pronto se dieron cuenta de la necesidad de apoyar a las familias de las víctimas de homicidio. Poco después se formó el Grupo de Apoyo a Deudos de Víctimas de Homicidio en Nueva Gales del Sur. El grupo ha impulsado un impresionante número de cambios legislativos, entre ellos la aprobación de la Ley de Cadena Perpetua Obligatoria en 1995.

Tras la muerte de Garry, en 2008, Grace se quedó sola en la casa familiar. Mentalmente lúcida y físicamente activa, continuó con la obra de su vida hasta principios de 2013, cuando le diagnosticaron cáncer. Aceptó la noticia, pero como no se había sentido enferma, le resultó difícil de asimilar. Adoraba a sus nietos, los gemelos Olivia y Cameron, y tenía una estrecha amistad con su hija Kathryn y su yerno, Walter.

Grace me acompañó en muchos de mis momentos familiares importantes. Ella, Garry y su amiga Anne asistieron a mi boda, y cuando nacieron mis dos hijas, fueron a verme al hospital con ropa y zapatitos tejidos que aún atesoro. Asistieron a los bautizos, me enviaron cartas cuando viví dos años en el extranjero, y me consolaron cuando mi primer matrimonio terminó.

Convivieron muchas veces con mi nueva pareja, mis hijas y mis amigos. En los últimos años, mientras Grace se concentraba en la vida de sus nietos, sentí que por fin estaba de nuevo feliz. Pocos días antes de su muerte, en julio de 2013, le dije que disfrutaba mucho su compañía y me alegraba que fuéramos amigas, pero que, con toda honestidad, hubiera querido conocerla por un mejor motivo. Ella sólo asintió con la cabeza, pero estoy segura de que le habría encantado que su hija Anita y yo estuviéramos a su lado.

Cuando llegó el momento de irme, esperé que me dijera las palabras que siempre me decía desde nuestro primer encuentro, en 1986. Pero en vez de desearme un “buen viaje”, me dijo “adiós”. Al mirar sus ojos intensamente azules, comprendí que estaba tomando el control y despidiéndose de mí por última vez.

Buen viaje, Grace Lynch. La tuya fue una vida bien vivida.