Manal al Sharif creía en el sistema saudí, donde las mujeres no tienen rostro, ni nombre, ni identidad. 

En otro tiempo Manal al Sharif creía en el sistema saudí, donde las mujeres no tienen rostro, ni nombre, ni identidad. Luego ocurrieron los ataques terroristas del 9/11, y un año después, Manal estaba defendiendo el derecho de las mujeres de vivir en libertad. Ésta es su historia.

Me llamo Manal al Sharif.

Soy de Arabia Saudí. Quiero hablarles de dos capítulos de mi vida. El primero es la historia de mi generación, y comienza el año en que nací: 1979.

El 20 de noviembre de ese año se puso sitio a La Meca, la ciudad más sagrada para los musulmanes. La capturó Yuhaimán al Otaibi, un rebelde islamista, con unos 400 seguidores. La ocupación duró dos semanas. Las autoridades saudíes tuvieron que recurrir a tropas fuertemente armadas para expulsar a los invasores y poner fin al sitio. Decapitaron en público a Yuhaimán y a sus hombres.

No obstante, las autoridades temían otra rebelión. Arabia Saudí era un país que se estaba transformando con rapidez y había adoptado un nuevo estilo de vida civil. Para los rebeldes, estos cambios iban en contra de sus creencias —contra el islam— y querían detenerlos a toda costa.

Así el gobierno saudí, aunque había ejecutado a Yuhaimán, empezó a seguir su doctrina. Para evitar más insurrecciones, los extremistas que había en el poder revocaron las libertades que se habían tolerado en años anteriores. Al igual que Yuhaimán, algunos gobernantes saudíes llevaban mucho tiempo molestos con la relajación gradual de las restricciones impuestas a las mujeres. En las semanas que siguieron a la revuelta de La Meca, se vetó a las presentadoras de televisión, se retiraron las imágenes femeninas, y las posibilidades de empleo para las mujeres se redujeron a dos campos: la educación y el sistema de salud.

Se prohibió toda actividad que alentara el contacto entre hombres y mujeres, como la música y los cines, y la separación de los sexos se volvió ley en todas partes: sitios públicos, oficinas de gobierno, bancos, escuelas y hasta en nuestros propios hogares. Con el tiempo, cada casa saudí acabó teniendo dos entradas: una para los hombres y la otra para las mujeres.

Otro cambio profundo fue que los extremistas empezaron a llenarse los bolsillos de petrodólares, y a usarlos para enviar misioneros a todo el mundo, muchos de los cuales predicaban el odio contra los infieles, la guerra santa global y el rechazo de todo el que no compartiera sus ideales.

El Comité Saudí de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, mejor conocido como “policía religiosa”, tuvo el campo libre en nuestra sociedad. En otras palabras, las autoridades habían decapitado al monstruo, pero entronizaron su ideología de odio.

El gobierno hizo cuanto pudo para eliminar de la memoria pública la rebelión, y purgó revistas y periódicos de toda referencia a ella con la intención de borrar la historia y que la gente olvidara a Yuhaimán.

Pero la memoria permaneció. Recuerdo un día que, en la peregrinación a La Meca, estaba haciendo con mi madre el tawaf, un rito que consiste en caminar en círculos alrededor de la Kabah, la mezquita más venerada de la ciudad. Al ver un hoyo en una pared, mi madre lo señaló y dijo:

—Ése es un agujero de bala, del tiempo de Yuhaimán.

Yuhaimán. El solo nombre inspira miedo a los musulmanes en todo el mundo. Para mí, aquel hoyo iba mucho más allá de esas paredes: al pasado, como si los saudíes lo llenáramos constantemente, una y otra vez. Y así seguimos yendo hacia atrás en mi país.

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Pasaron los años 80, y la década que siguió trajo la Guerra de Afganistán y el histórico fin de la Unión Soviética. Mientras, los extremistas ganaban cada vez más poder en Arabia Saudí al promover sus ideas y obligar a todos a acatar sus reglas estrictas.

Se repartían a manos llenas volantes, libros y casetes que llamaban a la yihad (guerra santa) en Afganistán e insistían en expulsar de la península Arábiga a los no musulmanes. Yo era una de las jóvenes reclutadas para esa tarea. Entre quienes luchaban por la yihad había un hombre de 22 años llamado Osama bin Laden. Ésos eran los héroes de nuestro tiempo. En los días de la sahwaal-Sahwa al-Islamiya, o “Despertar del Islam”— uno de los principales temas de debate era la mujer. Me enseñaron que, si salía de casa, sería la única responsable del mal que me ocurriera, pues no podía esperarse que los hombres controlaran sus bajos instintos. Yo era una fruta seductora, decían, y mis formas los tentarían. Estaba, pues, hecha para quedarme en casa.

Para los extremistas saudíes yo era awra, palabra que designa lo pecaminoso, las partes íntimas del cuerpo, que no se deben mostrar a nadie. Es contra la ley descubrirlas. A los 10 años ya me cubría todo el cuerpo.

Mi rostro era awra, al igual que mi voz, e incluso mi nombre era awra. A una mujer no se le debe llamar por su nombre, sino referirse a ella como “hija de” un hombre, “mujer de” un esposo o “madre de” alguno de sus hijos varones.

Las mujeres no podíamos hacer deporte, asistir a la escuela de ingeniería, ni, por supuesto, conducir un vehículo. ¿Cómo íbamos a poder, si ni siquiera teníamos derecho de poseer documentos de identidad con fotografía, a excepción del pasaporte, que sólo era necesario para salir del país? No teníamos voz, ni rostro, ni nombre. Éramos completamente invisibles.

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Nos habían robado la vida con una mentira. “Hacemos esto para protegerte de las miradas acechantes de los hombres”, nos decían. “Mereces que te traten como a una reina”.

Entonces sucedió algo que demuestra que no todos estaban conformes. El 6 de noviembre de 1990, 47 valerosas mujeres desafiaron públicamente la prohibición de conducir y salieron a hacerlo por las calles de Riad. Fueron detenidas, se les prohibió salir del país y las despidieron de sus empleos. Recuerdo haber escuchado la noticia cuando era niña. Se nos dijo entonces que esas mujeres eran malvadas. Después se emitió una fatwa: el gran muftí de Arabia Saudí decretó que una mujer al volante era haram, algo vedado por el islam. La televisión anunció que el ministro del Interior había advertido que las mujeres tenían prohibido conducir en el territorio nacional.

Durante 22 años ni siquiera se nos permitió hablar sobre mujeres automovilistas, ya fuera en televisión, noticieros de radio, revistas o periódicos. Así se creó un nuevo tabú. El primero nos prohibía hablar de Yuhaimán; el segundo, de las mujeres conductoras.

Algo más sucedió en ese primer capítulo de mi vida: el atentado contra las Torres Khobar, un complejo habitacional que albergaba personal militar extranjero. Una explosión destruyó las torres el 25 de junio de 1996 y, según el gobierno, el ataque fue perpetrado por militantes islámicos saudíes, entre ellos muchos veteranos de la Guerra de Afganistán. Murieron 19 militares de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, y otras 372 personas de diversas nacionalidades resultaron heridas.

Recuerdo lo que mi madre exclamó al ver las imágenes:

—¡Yuhaimán ha vuelto!

Yo tenía apenas 17 años, y ahora me sorprende recordarlo, pero no sentí ninguna piedad por los muertos y heridos. Tenía lavado el cerebro. Había crecido en una época particular. Era producto de una cultura terrorista.

El cambio en mi vida se inició cuatro años después, en 2000. Ese año llegó Internet a Arabia Saudí. Era la primera vez que me conectaba en línea. Ahora, permítanme presentarles un retrato de la persona que era yo entonces: como extremista, me cubría el cuerpo desde la cabeza hasta los pies. Siempre había observado estrictamente esa costumbre. Me encantaba dibujar, pero un día que nos dijeron en la escuela que era pecado hacer representaciones de personas o animales, creí que debía obedecer. Cumpliendo mi obligación, reuní todas mis pinturas y dibujos y les prendí fuego. Entonces me di cuenta de que yo misma estaba en llamas por dentro. De la computadora había aprendido que aquello no era justo. Han de saber que Internet fue la primera puerta que permitió a la juventud árabe echar un vistazo al mundo exterior. Yo era joven y tenía sed de conocer otros pueblos y otras religiones. Entré en comunicación con personas que tenían distintos puntos de vista, y esas conversaciones no tardaron en hacer que me surgieran dudas. Me di cuenta de lo pequeño que era el mundo en el que había vivido hasta entonces, y me pareció todavía más pequeño una vez que salí de él. Poco a poco fui perdiendo la fobia a contaminar la pureza de mis creencias.

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Déjenme ahora contarles otra historia. ¿Se acuerdan de la primera vez que escucharon música? ¿Recuerdan la primera canción que escucharon? Yo sí. Tenía 21 años. Era la primera vez que me permitía escuchar música. Me acuerdo bien de la canción: era Show Me the Meaning of Being Lonely, de los Backstreet Boys.

Quizá les ayude un poco a entender esto si les digo que yo acostumbraba quemar los casetes de mi hermano en el horno. Así de extremista era. Entonces escuché esa canción.

Nos habían dicho que la música salía de la flauta de Satán, que era un camino directo al adulterio, una puerta al pecado. Sin embargo, la canción que había escuchado era tan pura, tan hermosa, incluso angelical, que me pareció todo menos perversa. Fue entonces cuando me di cuenta de lo sola que estaba en mi pequeño mundo.

Otro momento importante para mí fue el 11 de septiembre de 2001, un día clave para mucha gente de mi generación. Los extremistas dijeron que el 9/11 había sido el castigo de Dios a Estados Unidos por lo que este país nos había hecho durante años.

Yo no sabía qué bando tomar. Me habían educado para odiar a todo el que no fuera musulmán o no practicara el islam como lo concebíamos nosotros, pero en el noticiero de esa noche vi saltar a un hombre desde una de las torres del World Trade Center. Se arrojó al vacío para escapar del fuego.

 Esa noche no pude dormir. La imagen me rondaba la cabeza y hacía sonar una alarma. Me decía que algo andaba mal. Ninguna religión puede ser tan sanguinaria, cruel y despiadada.

Luego Al Qaeda reivindicó los ataques. Mis héroes no eran más que unos monstruos horrendos, ávidos de sangre. Fue el punto decisivo de mi vida.

Después del 9/11 Arabia Saudí sufrió una serie de ataques terroristas internos, con la interesante consecuencia de que a los pocos meses las autoridades empezaron a expedir documentos de identidad para las mujeres. Aunque para obtenerlos se necesitaba el permiso de un familiar varón, por fin nos reconocían como ciudadanas en nuestro propio país.