Un joven escritor no podía despedirse sin antes echar un vistazo final a…

Haz una pausa y piensa en lo que hay en tu clóset. Quizá guardes un par de zapatos viejos, una chaqueta raída que usaste en tu primera cita de amor memorable, y una caja con basura que no sabrías cómo vender ni cómo deshacerte de ella.

Y así debe ser. Un clóset es azar, capricho, una colección reunida a lo largo de los años con las cosas exactas que te hacen ser quien eres. Por eso hace poco, cuando mi mamá decidió vivir en otra casa, sentí una punzada en el corazón: la mudanza significaba que tendríamos que vaciar el clóset de mi padre casi 10 años después de su muerte.

El clóset de papá no cambió nada en los 18 años que viví con él, aunque jamás imaginé lo importante que sería para mí algún día. Un tumor cerebral carcomió las partes de la mente de Louis Harry Beres que lo hacían un hombre especial: inteligente, afectuoso y el mejor ejemplo de padre preocupón, hasta que quedó confinado a un sillón de hospital, casi sin poder hablar. Pero cuando tu cuerpo se va, tu clóset sigue allí.

En los años que siguieron a la partida de papá, yo a veces me asomaba a su clóset, cuando estaba de visita en casa en la Navidad. Me había mudado lejos de allí, a empezar una vida en otro sitio, y mi mamá se afanaba en transformar poco a poco su hogar: redecorarlo, barrer el polvo del duelo y convertir la casa nuevamente en un lugar de reunión acogedor.

Cuando abrí la puerta del clóset de papá la Navidad pasada, vi muchas corbatas, un montón de camisas demasiado grandes y más mocasines de los que recordaba. Y estaban las cosas esenciales: un pañuelo de color vino que yo sacaba del bolsillo de su saco cuando él volvía a casa del trabajo y me alzaba en vilo; la chaqueta roja que se ponía cuando jugaba golf y en las vacaciones familiares… Y debajo de todo eso había unos enormes frascos llenos de monedas de un centavo, que ahora ya no valen casi nada.

Incluso ese dinero lleno de gérmenes era parte de este hombre, hijo de un inmigrante dueño de una dulcería, que se hincaba para recoger del suelo las monedas que nosotros dejábamos caer en nuestros cuartos.

El clóset me recordaba al papá que había tenido antes de que le quitara la vida un glioblastoma maligno. Me preocupaba que sus cosas se perdieran cuando mamá se mudara. Hablé con mi novia al respecto, y apenas dormí pensando en el clóset. ¿Sería capaz de verlo por última vez y ayudar a mi madre a vaciarlo?

—No tenía ni idea —me dijo ella por teléfono—. Ya lo dejé vacío.

La noticia me dejó aturdido. ¿Qué cosas habría tirado mi madre? ¿La chaqueta roja estaría a salvo? ¿Y el pañuelo? Ver vacío el clóset de papá, al que en secreto yo valoraba tanto, ¿me rompería el corazón?

Volé a casa poco después, y traté de mantener mi mente alejada del tema dormitando en el avión. Pero en el camino a casa no pude pensar en otra cosa. Cuando por fin crucé la puerta principal, sabía
adónde ir: a ver el clóset vacío y esperar que me partiera el alma.

Abrí las puertas, y lo que sentí me sorprendió: no fue dolor, sino mucha paz. La mayoría de las cosas de mi pa-dre ya no estaban en el clóset, pero entonces me di cuenta de que no necesitaba ver el pañuelo ni la chaqueta roja para recordar todo lo que teníamos (mi madre me guardó esas cosas de todos modos). Los objetos tan sólo eran un manto que cubría los recuerdos entrañables que guardaba en mi corazón.

Ese clóset había sido un vínculo con papá, y una reliquia de la que no quería desprenderme. Lo que descubrí, de pie en aquel hueco, es que es fácil dejar atrás las camisas y los sacos viejos. Después de todo, la ropa no hace al hombre, y aunque los objetos nos ayudan a contar historias, no son historias en sí.