Gil y Eleanor Kraus eran una próspera pareja estadounidense que arriesgó todo para salvar de los nazis a 50 niños.

Una fría noche de principios de enero de 1939, Eleanor Kraus miró a su alrededor e inspeccionó cuidadosamente los relucientes platos de porcelana, las elegantes copas de cristal y los cubiertos de plata recién pulidos que habían sido dispuestos con esmero sobre la mesa del comedor. Su esposo, Gil, aún no había llegado a casa de su despacho de abogados en el centro de Filadelfia, Pensilvania, pero ella ya estaba arreglada. Su sobrina había invitado a cenar a su prometido, y Eleanor, como siempre, quería que todo estuviera impecable.

Minutos después, Gil entró por la puerta principal de la espaciosa casa, se quitó el abrigo y dejó a un lado su desgastado portafolios de cuero.

—Hay algo de lo que necesito hablar contigo —le dijo a su esposa.

Eleanor lo siguió a la planta alta y, mientras él se afeitaba y se vestía para la cena, lo escuchó en silencio.

Gil empezó a plantearle lo que parecía una idea descabellada. Los periódicos estaban llenos de artículos sobre las condiciones cada vez más terribles de los judíos que vivían bajo el régimen de Adolf Hitler. Menos de dos meses antes, en el horrendo ataque conocido como Kristallnacht (“La noche de los cristales rotos”), cientos de sinagogas habían sido profanadas y quemadas hasta los cimientos en Alemania y Austria; los negocios de los judíos fueron saqueados y destruidos, y miles de hombres judíos habían sido arrestados sumariamente y enviados a campos de concentración.

Gil estaba decidido a hacer algo para ayudar, aun si eso significaba interrumpir su vida de comodidades y ponerse en peligro. Unas horas antes, él y su amigo Louis Levine habían empezado a trazar un plan: rescatar a niños judíos atrapados en la Alemania nazi. Ambos hombres eran líderes de Brith Sholom, una fraternidad nacional judía que había construido recientemente un campamento de verano en las afueras de Filadelfia, el cual incluía un albergue de piedra con 25 habitaciones. ¿No sería maravilloso, dijo Gil, si pudieran llenarlo con niños (dos por cuarto) que, de lo contrario, encararían un futuro aterrador en la Alemania de Hitler?

Cuando terminó de vestirse, le dijo a Eleanor que tenía la intención de ir a Alemania para cumplir esa misión, y le preguntó si lo acompañaría.

—Nadie en su sano juicio iría a la Alemania nazi —repuso ella—. Me moriría de miedo si pusiera un pie en ese país, suponiendo además que las tropas de asalto nos dejaran entrar.

Sus pensamientos se dirigieron a sus hijos, Steven, de 13 años, y Ellen, de 9. Ella y Gil nunca habían estado lejos de ellos al mismo tiempo. Sin embargo, sabía lo testarudo que podía ser su esposo, así que no se sorprendió cuando él le dijo que ya había hecho planes para ir a Washington, D.C., para proponer el rescate a los funcionarios del gobierno, en particular a George Messersmith, ex embajador de Estados Unidos en Austria, que era el subsecretario de Estado en funciones. Messersmith había trabajado en la embajada estadounidense en Berlín y estaba bien consciente de la amenaza que representaban los nazis.

En los días siguientes Gil se internó en el laberinto de la rígida política migratoria de su país. A pesar de la desesperada situación de los judíos en Europa (y del hecho de que hasta entonces Hitler aún permitía que salieran de Alemania), Estados Unidos imponía estrictas restricciones a los refugiados. Por si fuera poco, a lo largo de los años 30 algunos funcionarios del Departamento de Estado habían manifestado su postura antisemita; por ejemplo, James Wilkinson, quien trabajaba en la oficina de visas, una vez advirtió que flexibilizar las leyes de inmigración del país supondría “un grave riesgo” de que los judíos inundaran Estados Unidos.

Con todo, Gil mantuvo su plan de rescatar niños. Al revisar los registros de inmigración descubrió que las visas aprobadas no siempre eran reclamadas por los solicitantes. Se preguntó si esas visas se podrían conceder a niños judíos cuyos padres ya estuvieran en lista de espera para migrar a Estados Unidos.

Unos días después le envió una carta a Messersmith, en la que detallaba su plan y aseguraba que había “suficientes fondos privados para transportar a los niños de Alemania a Filadelfia y ofrecerles cuidados, manutención y educación”. Al final decía que él y su esposa estaban listos para viajar a Alemania a fin de seleccionar personalmente a los niños y llevarlos a Estados Unidos.

Para entonces, Eleanor compartía el compromiso de su esposo. Se dio a la tarea de obtener declaraciones juradas de amigos y conocidos dispuestos a garantizar apoyo a los niños, a pesar de lo incómodo de pedirles que demostraran su solvencia. Al llegar la primavera ya había reunido 58 documentos firmados.

Sin embargo, justo antes de que la pareja zarpara, un asesor del Departamento de Estado le aconsejó a Eleanor no acompañar a su esposo: la guerra era inminente en Europa. Entonces Gil convenció al doctor Robert Schless, el pediatra de sus hijos y amigo de la familia, para que viajara con él. “Derramé algunas lágrimas y recé para que regresaran con bien”, contó Eleanor posteriormente.

 

A los pocos días de haber llegado a Europa, Gil y Schless se dirigieron a Viena. Un año antes, en marzo de 1938, Hitler había anexado Austria al Tercer Reich e iniciado una campaña para “librar” al país de sus cerca de 200,000 judíos. Los líderes judíos en Viena estaban trabajando febrilmente para ayudar a las familias a salir, y Gil había recibido asesoría de funcionarios de la embajada estadounidense para elegir a niños judíos de esa ciudad, donde las condiciones se estaban agravando a un ritmo alarmante.

Una vez en Viena, Gil telefoneó a Eleanor. A pesar de las advertencias del Departamento de Estado, le pidió que se uniera a él tan pronto como fuera posible.

—Hay mucho trabajo que hacer aquí y muy poco tiempo —le dijo—. Necesito que vengas.

Eleanor reservó un boleto para el siguiente barco a Europa.

Cuando llegó, Gil le advirtió que la policía secreta vigilaría todos sus movimientos y registraría sus habitaciones diariamente. Adondequiera que iban veían letreros que decían Juden verboten: “Prohibida la entrada a judíos”. Los muros de los edificios estaban llenos de esvásticas, y en los escaparates de todas las tiendas había imágenes de Hitler.

Cientos de judíos austriacos estaban tan desesperados, que querían enviar a sus hijos lejos, aun sin tener la certeza de volver a verlos. Cuando se corrió la voz sobre la misión de los Kraus, las familias hacían fila fuera de un centro de la comunidad judía para poder hablar con ellos. Uno de los niños rescatados recordó años después: “Jamás olvidaré cómo mi madre y yo esperamos en esa fila. Había gente que nos lanzaba piedras, tomates y toda clase de insultos”. Los padres de los niños ya habían solicitado visas a Estados Unidos, pero la lista de espera era enorme. Tan sólo en los 10 días finales de marzo, más de 25,000 judíos vieneses habían solicitado visas.

Gil, quien sabía un poco de alemán, habló con los padres que hacían fila. A Eleanor le dolía imaginar lo que esas personas pensaban. “Separar a un niño de su madre parecía terriblemente inhumano”, escribió después. “Sin embargo, era como si les estuviéramos lanzando un bote salvavidas en el mar más embravecido”.

Con cada día que pasaba, el pesar de Eleanor crecía, pues se daba cuenta de que la mayoría de los niños se quedarían allí. Ella y Gil sabían que los que estuvieran enfermos probablemente serían rechazados por los funcionarios de inmigración. Además, los niños tendrían que ser capaces de soportar la separación de sus padres, por lo que el doctor Schless, que ayudaba con los exámenes, aconsejó no aceptar a ninguno menor de cinco años. Entre los 50 que finalmente fueron seleccionados —el mayor de todos tenía 14 años— había siete parejas de hermanos. Una niña suplicó en vano por su hermanita, la cual era apenas una bebé.

Cuando Gil y Eleanor presentaron la lista, surgieron nuevos problemas. Un funcionario del consulado estadounidense en Viena impugnó las declaraciones juradas de Eleanor; otro le dijo a Gil que las visas podrían tardar meses en ser aprobadas.

Ante el riesgo de que su misión fracasara, Gil y Eleanor se trasladaron a toda prisa a Berlín para hablar con Raymond Geist, un alto funcionario de la embajada estadounidense. Éste le aseguró a Eleanor que las declaraciones juradas reunían todos los requisitos legales, pero que no podía garantizar las visas. Esa decisión tendría que esperar hasta que los niños se presentaran en la embajada.

La pareja regresó a Viena para reunir a los niños, cada uno de los cuales tenía permitido llevar sólo una pequeña maleta. Antes de presentarse en la embajada, los niños necesitarían obtener un pasaporte de los nazis. Esto llevó a una tensa reunión con un oficial de la Gestapo, quien primero exigió saber por qué los Kraus se encontraban en Viena.

—Hemos venido para llevar a 50 niños judíos a Estados Unidos —le dijo Gil con sorprendente franqueza.

Finalmente, tras un interrogatorio muy intenso, el oficial cedió.

La noche del 21 de mayo de 1939, los niños y sus padres esperaron durante horas en un oscuro andén de la estación de trenes de Viena. Había tropas de asalto y perros guardianes por doquier. Eleanor se sintió consternada al saber que los padres ni siquiera podrían despedirse de sus hijos agitando la mano. Los judíos tenían prohibido hacer el saludo nazi, y todo padre que alzara el brazo podía ser arrestado. “No hacían otra cosa más que mirar el rostro de sus hijos”, recordó Eleanor. “Sonreían, pero en sus ojos había lágrimas. Ninguno agitó la mano en alto. Fue el acto de dignidad y valentía más triste que jamás presencié”.

El grupo llegó a Berlín la mañana siguiente, todavía sin la certeza de que aprobarían las visas. A Eleanor le parecía inconcebible tener que devolver a alguno de los niños a Viena. Exhaustos y afligidos, entraron a la embajada de Estados Unidos y esperaron a que los entrevistaran. Finalmente, Gil se sentó junto a Eleanor con una expresión de alivio inmenso.

—Hay 50 visas esperándonos —le susurró—. Nuestras preocupaciones se han terminado.

Un día después, los Kraus, el doctor Schless y los 50 niños subieron a bordo del SS President Harding en Hamburgo y emprendieron la travesía a Estados Unidos. Durante los 10 días que duró el viaje, Gil y Schless les dieron clases de inglés a los chicos.

Después de que el barco arribó a la Ciudad de Nueva York, el 3 de junio, los niños pasaron el verano en el campamento de Brith Sholom. Allí siguieron aprendiendo inglés, escribieron cartas a casa y se concentraron en su nueva vida. El personal del campamento y un grupo de consejeros y enfermeras cuidaron de ellos. Gil pasó incontables horas escribiendo a las familias en Viena y haciendo arreglos para el futuro de los niños. Para el 4 de septiembre, los 50 habían sido enviados a vivir con parientes o con familias de crianza temporal. Dos de ellos, Robert y Johanna Braun, vivieron dos años con los Kraus.

 

Menos de un año después, con ayuda de Brith Sholom, casi un tercio de los padres austriacos recibió visas y se reunió con sus hijos. Varios más lograron llegar a Estados Unidos durante y después de la guerra, pero otros murieron en el Holocausto.

Gil Kraus murió en 1975, y Eleanor en 1989. Cerca de la mitad de los niños rescatados aún viven. Hoy día octogenarios, la mayoría ha llevado una vida plena y productiva como médicos, abogados, escritores, maestros y ejecutivos de negocios. En el camino, también se convirtieron en maridos y esposas, padres, abuelos y, en algunos casos, bisabuelos.

En Europa, el Holocausto cobró la vida de 1.5 millones de niños. Sólo a unos 1,000 “no acompañados” (aquellos que huyeron de Europa sin sus padres) se les permitió la entrada a Estados Unidos. Los 50 que fueron salvados por Gil y Eleanor conformaron el grupo más grande.