Tener un matrimonio feliz debería ser fácil. Yo descubrí que al menos hay que hacer el intento.

Mi esposa y yo no nos decimos “Te quiero” todos los días, ni siquiera una vez al mes. No envidio a las parejas que lo hacen, pero creo que hay muchas maneras de expresar los sentimientos íntimos sin tener que pronunciar regularmente esas dos palabras en el mismo orden. Es perfectamente posible reproducir la quintaesencia de ese intercambio habitual —“Te quiero” y “Yo también te quiero”— usando un lenguaje ligeramente distinto. Nosotros, por ejemplo, preferimos decir “Te arrepentirás cuando me muera” y “Ya lo sé”.

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Lamentablemente, todavía no he leído nada que respalde mi opinión sobre cómo mantener una relación conyugal feliz y saludable. Todos los consejos que me han dado a lo largo de los años recalcan la importancia de hacer un esfuerzo, de expresar los sentimientos en voz alta y de obligarse uno mismo a superar la vergüenza de hacer por primera vez algo que no acostumbra hacer. Nos damos cuenta una y otra vez de que se trata de una tarea difícil y agotadora.

Pero yo quiero que el amor sea fácil, y por este motivo estoy abierto a cualquier método que suponga una simplificación. Esto fue lo primero que me atrajo de un artículo periodístico que sugería que el secreto de un matrimonio feliz son cuatro abrazos al día.abrazos

—Cuatro abrazos al día —le digo a mi esposa mientras ella intenta zafarse del primero de ellos—. Creo que es el camino que debemos seguir.

Mi estrategia para el segundo abrazo, justo antes de almorzar, es colocarme delante de mi esposa y acercarme a ella despacio, con los brazos bajos y las palmas de las manos hacia arriba, una técnica muy parecida a la que usaríamos para recuperar una cesta de picnic que ha caído en las garras de un oso.

—Gracias —dice mi esposa, petrificada por el contacto.

No me parece que su reacción sea positiva, pero está bien. Uno de los aspectos que más me gustan de esta receta de acciones rápidas es la falta absoluta de matices, de sutileza o de continuidad. El artículo periodístico no aconsejaba modificar la técnica en caso de que fallara; sólo decía: “Cuatro abrazos”. Incluso creo que estoy empezando a disfrutar un poco su reacción de incomodidad. La cuestión no es si le gustan o no los abrazos. En todo caso, yo salgo ganando.

—¿Otra vez? —me dice mi esposa cuando intento darle el tercer abrazo, al caer la tarde.

—Nadie dijo que esto iba a ser fácil —le respondo sonriendo.

“Implica mucho contacto visual y la expresión mutua y regular de sentimientos positivos en voz muy baja. Suena tremendamente irritante, y por este motivo ardo en deseos de probarla”

Luego, cuando llega el momento del cuarto abrazo, me es imposible encontrarla. Sé que está dentro de la casa —veo nuestro auto afuera—, pero finalmente renuncio a buscarla.

Alrededor de una semana después, leo una nota acerca de algo llamado terapia de susurros. Al parecer implica mucho contacto visual y la expresión mutua y regular de sentimientos positivos en voz muy baja. Suena tremendamente irritante, y por este motivo ardo en deseos de probarla.

Las cosas tienen un mal principio. Cuando me acerco sigilosamente a mi esposa por detrás y le susurro al oído “Eres especial”, me da un golpe en la cabeza con el cepillo de pelo que sostiene con la mano.

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Durante los días siguientes mi esposa se vuelve extrañamente paciente con mi costumbre de acercarme de pronto para susurrarle cosas como “Qué bonitos están tus zapatos”, “Eres mágica” y “Trata bien a los animales”. Creo que se encuentra en la etapa de la negación del asombroso poder para fastidiar de esta terapia.

Cuando se hace patente que esto no nos va a llevar a ninguna parte, mi esposa y yo entramos en una fase en la que nos pellizcamos mutua y periódicamente en el cuello con dos dedos, acompañando cada pellizco con un silbido corto y agudo. Aprendimos esta técnica viendo el programa de televisión El encantador de perros. Al principio fue una manera eficiente y profesional de quitar el uno al otro de su espacio personal, o de llamar su atención si estaba distraído, pero luego se convirtió en una muestra de cariño ligeramente dolorosa y, por suerte, nos cansamos de ella.

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En pleno auge de la publicidad relacionada con la Dieta 5:2 —en la que haces un ayuno dos días a la semana y comes todo lo que quieras los otros cinco—, nosotros probamos la misma fórmula de alternancia en nuestro matrimonio. A mi esposa, entusiasta de la Dieta 5:2, le encantó la idea de estar casada conmigo sólo dos de los siete días, hasta que le expliqué que no era así como funcionaba, sino que durante dos días a la semana estaríamos “supercasados”.

En el transcurso de esos dos días, ella me dejó notas que decían “Recoge esa lata de cerveza” y “¿Qué cartucho de impresora necesito?”, y yo le escribí algunas notas románticas, como “Aprecio todo lo que haces”. Ya sé que no fue gran cosa, pero fue mi primer intento de mostrarme amoroso.

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Hace poco me topé con un manual de ejercicios de intimidad tan poderosos, que dicen que son capaces de despertar la llama del amor entre dos desconocidos. De nuevo me concentré en lo más sencillo de todo: la pareja debe pasar unos minutos colocada frente a frente y con las palmas de las manos extendidas lo más cerca posible, pero sin tocarse. El poder de este ejercicio es innegable: mi esposa sólo aguanta unos segundos sin apartarse de algo que a todas luces le resulta repulsivo. Es tal el poder de molestar del ejercicio, que durante dos semanas insistí en intentarlo cada vez que estábamos juntos.

Si hay algo que te enseña el matrimonio es el valor que puede tener un abrazo forzado ocasional y un experimento cursi. Por lo menos demuestra que lo estás intentando.