“Mi alumna recibió la carta. Su madre dijo que la muchacha lloró y exclamó: ‘¿Cómo puede alguien decir cosas tan lindas de mí? No pensé que alguien pudiera extrañarme si me hubiera muerto’”

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Donación cedida

Brenda Jones, una bisabuela de 69 años, había pasado un largo año en lista de espera para recibir un hígado donado. Entonces, el 18 de julio de 2016, un hospital del norte de Texas se comunicó a su casa: había un hígado compatible para ella.

Mientras tanto, Abigail Flores, de 23 años, también necesitaba un hígado; su estado era más crítico aún. Sin un trasplante, los médicos temían que a la joven no le quedara más que un día de vida. Así pues, le pidieron a Brenda que cediera su sitio para que Abigail pudiera recibir el preciado órgano.

La señora Jones aceptó. “En el fondo de mi corazón, sabía que no habría podido vivir con el hígado si dejaba que esa joven muriera”, declaró a la televisión. Pusieron a Brenda al comienzo de la lista otra vez y, al cabo de unos días, recibió un hígado donado.

“El amor gana”

Cuando, en agosto pasado, Cari y Lauri Ryding llegaron a su casa, en Natick, Massachusetts, vieron que alguien había robado su bandera arco iris y lanzado huevos a la fachada. Nunca imaginaron que pudiera haber vandalismo homofóbico en su vecindario, que era tan unido. Resultó que sus vecinos tampoco lo esperaban.

“Dijimos: ‘¿Por qué no ponemos banderas todos?’”, contó Denis Gaughan al diario Boston Globe. En pocos días, la bandera arco iris —símbolo del orgullo gay— ondeaba en más de 40 casas del barrio. “El acto de maldad y miedo de una persona generó una poderosa manifestación de amor”, dijo Lauri. “El amor gana. Nosotros ganamos”.

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Interés más allá de las aulas

Cuando tuvo noticia de que una alumna suya había intentado suicidarse, la maestra de secundaria Brittni Darras le envió una nota manuscrita al hospital, en la cual la elogiaba por sus logros escolares y su radiante personalidad. Luego, Brittni escribió en Facebook: “Mi alumna recibió la carta. Su madre dijo que la muchacha lloró y exclamó: ‘¿Cómo puede alguien decir cosas tan lindas de mí? No pensé que alguien pudiera extrañarme si me hubiera muerto’”.

Al ver que un acto tan sencillo había tenido un gran impacto, la maestra escribió notas personales a cada uno de sus 130 alumnos, a fin de recordarles lo importantes que son. Uno de los estudiantes escribió en su página de Facebook: “No todos los días una profesora se toma tiempo para pensar en cada uno de sus alumnos, y menos para decirles por escrito lo mucho que los quiere”.