


Alimento de dioses / La sangre humana, fuente de vida.
En la mitología náhuatl, Huitzilopochtli, el Sol mismo, el dador de la luz y de todas las cosas necesarias para la vida, necesitaba alimentarse para poder luchar diariamente contra sus enemigos: los tigres de la noche, representados por la Luna y las estrellas. Para desgracia de los vecinos del pueblo azteca, el Sol sólo se alimentaba con el más preciado de los líquidos: el chalchíuhatl, la sangre humana. Para tenerlo siempre con vida y darle fuerzas para triunfar frente a los poderes tenebrosos de la noche era indispensable sacrificar a los hombres. Los aztecas pensaban que eran el pueblo elegido por los dioses para tan alta misión, y de esta idea fundamental deriva el sentido mismo de la vida para ellos. De su actividad guerrera, que proporciona las víctimas del sacrificio, depende que el universo siga existiendo.
La guerra en un contexto religioso creó una de las más curiosas instituciones de que se tenga noticia en civilización alguna: la guerra florida. No sabemos cuándo se inicia realmente esta costumbre, pero por el año de 1375 ya existía entre los tepanecas, de quienes probablemente la heredaron los mexicas. Consistía en que dos Estados se ponían de acuerdo para celebrar, en un sitio determinado y en una fecha fija, una gran batalla cuyo único objetivo era tomar prisioneros vivos. El botín no sería territorio ni saqueo, sino simplemente cautivos para la piedra del sacrificio.
Los aztecas iniciaron estas luchas periódicas con los Señoríos de Tlaxcala y Huejotzingo. Las batallas permitían también obtener grados en el ejército y ostentar las insignias. Bajo el gobierno de Moctezuma I, probablemente con motivo de la necesidad cada vez mayor de víctimas, se instituyó dicha costumbre entre Tenochtitlán y algunas de las ciudades del valle de Puebla, y de esta forma no había que ir demasiado lejos para encontrar prisioneros. Pero lo evidente tenía que suceder, pues poco a poco los mexicanos no se conformaron con la simple guerra florida, sino que empezaron a conquistaren serie grandes secciones de la región de Puebla, hasta que al fin toda ella fue sometida, a excepción de la República de Tlaxcala, que también sufría los efectos devastadores de tan curiosa institución.
El bien contra el mal
Es obvio suponer que el móvil de la guerra fuera más allá de lo estrictamente religioso. Como en todas partes, se obtuvieron ventajas materiales, conquistas, botín, tributos y una continua extensión de territorio. Sin embargo, los aztecas, ubicándose del lado de Huitzilopochtli, se consideraban del lado del bien, en un combate sin tregua contra los grandes poderes del mal, y con esto su alianza con el Sol, su misión como pueblo elegido, justificó todas sus conquistas.
Paradójicamente, muchos españoles salvaron la vida gracias a la guerra florida: como los indígenas deseaban mantenerlos vivos, los prisioneros intentaban escapar. Muchos españoles lograron huir, pero la sangre de otros fue ofrecida a Huitzilopochtli. El mismo Cortés, caído y rodeado de enemigos, logró salvarse en varias ocasiones porque sus captores lo deseaban vivo.



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