


Afán de renovación
Moctezuma introdujo también cambios en el ceremonial de la corte que sugieren un absolutismo despótico, especie de culto a la personalidad, en lugar de las anteriores actitudes militares. Se hacía llamar a sí mismo el "elegido de los dioses". En las habitaciones en que se encontrara, todo el mundo debía andar descalzo, menos él. Para dirigirse a su real persona, debían saludar con tres reverencias profundas y decir: "Señor", "Señor mío" y "Gran Señor". Además, nadie debía nunca mirarlo directamente. Para no perturbar su majestad, todos estaban obligados a hablar lo indispensable en voz baja, tanto en los aposentos reales como en los de alrededor.
Aunque no descuidó las obligaciones militares ni las conquistas, se puede afirmar que prefería la meditación y el desarrollo del conocimiento. Para ello tenía varios palacios con departamentos para toda clase de animales y plantas, a manera de jardines botánicos y zoológicos, que no existían en Europa ni siquiera en la imaginación. Moctezuma Xocoyotzin mandó construir apacibles estanques y jardines para favorecer la tranquilidad que precede a la reflexión.
Ha sido duramente criticado por la suntuosidad y la afectación que lo caracterizaron y por lo dispendiosos y lesivos que sus actos fueron para el pueblo; pero estudiosos como Jacques Soustelle consideran que su modo de gobernar "correspondía a ese género de vida lujosa y refinada a que habían llegado los monarcas mexicanos". La pompa cortesana era más bien indicativa de la sofisticación y grado de desarrollo a que había llegado el "pueblo del Sol". No obstante, ese refinamiento y alarde cultural significó el sacrificio de muchos seres humanos.
¿Demasiados cambios?
En medio del lujo y la suntuosidad que sus predecesores nunca buscaron, Moctezuma II se dedicaba a estudiar las antiguas tradiciones toltecas y a desentrañar las creencias religiosas. Algunas acciones indican esta nueva intención en el último emperador azteca. Por ejemplo, a manera de conmemoración se construyó el monolito llamado "Piedra de Tizoc", que significativamente honraba a un rey cuyas hazañas guerreras eran más bien insignificantes. Por otro lado, se ocupó en conocer el culto y las religiones de los pueblos sometidos. Tanta religiosidad, aunada a la tradicional cultura supersticiosa, se percibe en la construcción del Coateocalli, o "casa de los diversos dioses que hay en todos los pueblos y provincias", un adoratorio donde concentró variadas representaciones de gran número de ellos, y que alojó al lado del Gran Templo de Huitzilopochtli y de Tláloc.
No es inusitado que haya llegado a obsesionarse con el retorno de Quetzalcóatl, y que la necesidad de mantener contentos a los dioses lo llevara a disponer castigos de crueldad ejemplar para toda antirreligiosidad, como el de los huejotzincas que destruyeron aquel adoratorio, destrucción que él reparó en seguida, luego de hacer correr ríos de sangre de los sacrílegos.
Igualmente, se ha considerado casi una incongruencia que haya declarado una guerra santa contra Huejotzingo y Tlaxcala, cuando Nezahualpilli acudió a México para hablarle de hombres extraños que habían aparecido de oriente por el mar. Actualmente podría darse otra explicación a la "cobardía" de que se le acusó: Miguel LeónPortilla se refiere a un cambio de actitud en este rey debido fundamentalmente a su espíritu religioso y a una postura humanística, influencia de las ideas de hombres como Nezahualcóyotl y Nezahualpilli ?que repetidas veces se acercaron al espíritu humanista de Quetzalcóatl y se apartaron de crueles creencias y supersticiones?, quienes pretendían renovar la antigua concepción tolteca en todo su sentido religioso y humano.
Tal vez el exceso de superstición mezclado con una religiosidad auténtica llevó a Moctezuma a confundir su papel frente al imperio. Este punto de vista justificaría la actitud que mostró cuando, al recibir las primeras noticias de la llegada de los invasores, en vez de atacarlos se dejó invadir por la duda, consultó sus antiguos códices y se convenció del retorno de Quetzalcóatl, y de que los invasores eran realmente "hombres de la Gran Serpiente Emplumada". Como los aztecas debían su origen al dios tolteca, era legítimo que los "hombres de Quetzalcóatl" se apoderaran del imperio.


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